Más allá de la percepción: indicadores reales de progreso
Después de definir qué es una intervención eficaz, cómo aplicarla y cómo integrarla en el día a día profesional y familiar, surge una pregunta clave:
¿Cómo sabemos si una intervención en dislexia y TDAH realmente está funcionando?
En dislexia y TDAH, muchas veces el progreso se evalúa de forma intuitiva: “parece que está mejor”, “está más tranquilo”, “lee con menos resistencia”.
Pero una intervención rigurosa necesita algo más que sensaciones.
El error más común: medir solo por las notas
Uno de los errores más habituales es evaluar el éxito únicamente en función de:
-
mejora en calificaciones
-
reducción de conflictos en clase
-
mayor cumplimiento de tareas
Aunque estos indicadores pueden ser positivos, no siempre reflejan una mejora real en los procesos cognitivos que están en la base de la dificultad.
Un niño puede mejorar sus notas por apoyo adicional, adaptación o mayor supervisión… sin que necesariamente haya cambiado el proceso que genera la dificultad.
Qué debería medirse en una intervención eficaz
Una intervención bien estructurada mide variables directamente relacionadas con la dificultad.
En dislexia:
-
precisión lectora
-
velocidad lectora
-
automatización
-
comprensión
En TDAH:
-
atención sostenida
-
control inhibitorio
-
memoria de trabajo
-
autorregulación
Si estos procesos mejoran, el impacto académico suele llegar como consecuencia.
Indicadores cualitativos que también importan
No todo es cuantificable en números.
También debemos observar:
-
menor frustración ante la tarea
-
mayor autonomía
-
menos conflicto en casa
-
aumento de la autoestima académica
Estos indicadores suelen ser señales tempranas de que la intervención está teniendo impacto real.
La importancia del seguimiento continuo
Evaluar solo al inicio y al final del proceso no es suficiente.
Una intervención eficaz implica:
-
medición periódica
-
ajuste dinámico
-
adaptación en función de la respuesta del niño
El progreso no es lineal.
Por eso, el seguimiento estructurado permite detectar estancamientos y modificar la intervención antes de que aparezca el abandono.
Conclusión
Una intervención eficaz no es la que “parece” que funciona.
Es la que puede mostrar avances en los procesos que realmente importan.
Medir bien no es fiscalizar.
Es asegurar que el esfuerzo del profesional, la familia y el niño está generando impacto real.